Un sistema educativo para el Siglo XXI

Alfons
Alfons Cornella
11.10.2010

Nunca antes habíamos gozado de tantos recursos para educar a nuestros hijos. No me refiero a los recursos materiales o humanos, a menudo insuficientes, sino al acceso casi infinito a fuentes de información de todo el mundo, materiales divulgativos de prácticamente todo, formatos altamente atractivos...

Podríamos decir que tenemos un buen coche y la gasolina necesaria para recorrer muchos kilómetros, pero ni los alumnos ni los profesores, ni mucho menos el sistema educativo, están aprovechando todo su potencial.

La generación que ahora está en las aulas ya ha crecido rodeada de pantallas, interactuando con la red desde sus primeros juegos, co-creando contenidos digitales (con su propio ordenador, con el teléfono móvil, o con la PlayStation) no entiende de libros de texto que hay que seguir ordenadamente para comprender toda la materia, ni de clases magistrales, ni de una única manera de aprender sobre el entorno que les rodea.

Esta generación está desarrollado nuevas combinaciones de tareas cognitivas: su memoria visual combinada con la capacidad para generar mapas mentales, una mayor habilidad para pensar de forma paralela más que secuencial, entornos competitivos en los que continuamente hay que escoger entre opciones, saben concentrarse entre un montón de estímulos simultáneos e incluso gracias a los videojuegos han aprendido que fracasar es parte del proceso que lleva al éxito.

En definitiva, han absorbido una forma totalmente diferente de aprendizaje.
Nuestros sistemas educativos deberían no sólo integrar y valorar estas habilidades sino potenciarlas e invertir en ellas. Pero por mucho que los ordenadores e Internet hayan llegado a las aulas, todavía no hemos apostado con decisión por un cambio radical en la relación alumnos-mundo-escuela; un mundo futuro digitalmente ubicuo (acceso a la Red desde cualquier parte), rodeados de pantallas que nos dan la información que precisamos en cada momento, y con las que nos relacionamos directamente con las manos. Montones de posibilidades de formación informal, fuera del aula, que podrán incorporarse a la lógica de aprendizaje de millones de personas, de todas las edades.

La tecnología debe permitir algo tan fundamental como que los propios alumnos, cada alumno determine cómo aprende (cada persona tiene una forma preferente de aprendizaje), y qué es lo relevante para ellos. Es posible que esa relevancia permanente e instantánea que precisan pase por formar parte de una red de ideas y personas: será más importante la calidad de las redes de talento para resolver los complejos problemas del mundo, que la cantidad de talento concretada en un simple individuo.

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Jesús Antonio | 04.11.2010
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