La central de energía personal

Alfons
Alfons Cornella
06.09.2010

Muchos de los objetos que acompañan ya nuestra vida cotidiana requieren alimentación energética: el teléfono móvil, el dispositivo MP3, el ordenador portátil o la cámara, por nombrar sólo algunos de ellos. Y nuestra dependencia de pilas y baterías es económica y ambientalmente demasiado cara.

Paralelamente, la eclosión de las energías renovables y especialmente de la tecnología y los materiales que las hacen posibles está desarrollando una nueva industria: la de la fabricación de la energía personal, es decir, nanotecnología y células solares flexibles que permiten incorporar dispositivos de captación de la energía solar en las prendas que llevamos o en los accesorios, como bolsas o mochilas; materiales que permiten transformar la energía que produce nuestro cuerpo en movimiento en fuente de energía para los aparatos que utilizamos; tecnología que permite a los automóviles eléctricos o híbridos cargar su batería con el propio sistema de frenado; y redes “inteligentes” que, en pocos años, permitirán intercambiar la producción y consumo de energía entre los ciudadanos y ya no a través de una central eléctrica.

Debemos pensar y actuar en clave de autosuficiencia energética personal, un modelo que ya se está llevando a cabo en algunos países en desarrollo y que probablemente –tendría todo el sentido del mundo- acabaremos implantando también en las ciudades del “primer mundo”.

Es el caso de radios, teléfonos, ordenadores de cuerda que adquieren autonomía con sólo dar vueltas a una manivela (una dinamo manual), muy útiles en tantos puntos del planeta en los que sí es posible tener cobertura de móvil, pero casi una utopía tener acceso a un enchufe; linternas que se cargan con sólo sacudirlas (un núcleo metálico oscila dentro de una bobina, generando corriente: ¡gracias Faraday!); o desarrollos como el músculo artificial diseñado por Roy Kornbluh en el Stanford Research Institute de San Francisco, pensado no sólo para el mercado de las prótesis ortopédicas, sino también aplicable para cargar aparatos eléctricos de pequeño consumo a través de nuestro propio cuerpo. Se trata de una especie de polímero que cambia de forma de acuerdo con el paso de corriente eléctrica: se expande y contrae como un músculo. Puesto en el tacón de un zapato, por ejemplo, es capaz de generar corriente conforme caminas, la suficiente para alimentar un teléfono móvil.

¿Y si los miles de watios generados por los jóvenes al bailar en las discotecas se convirtieran en energía para la red de toda la comunidad? (en el Sustainable Dance Club de Rotterdam, Holanda, ya hace unos años que funciona). ¿Y si en los gimnasios donde cada día miles de personas “sudan la camiseta” esa energía se recuperara para la red eléctrica? Incluso podrían hacer descuentos a los usuarios que generaran más energía cada semana. No son propuestas descabelladas. Hay quien ya está pensando no sólo en la tecnología que ya lo hace posible, sino en el negocio que puede suponer.

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