La Catedral Innova | Hace 3 meses
05.08.2010
La computación en nube sigue avanzando en el mercado informático
Por: Alvy / Microsiervos
¿Qué programador no querría olvidarse del hardware y programar como si una infinita «granja» de recursos técnicos estuviera a su disposición? La computación «en la nube» ofrece éste y otros avances.
En la prehistoria de la informática, los recursos disponibles, en forma de hardware lento y limitado, valían su precio en oro. Se inventaron sistemas operativos y programas para repartir el tiempo de aquellas costosas máquinas; las grandes empresas alquilaban sus servidores por horas, por «ciclos de computación» y cobraban por la cantidad de información almacenada en tarjetas o cintas magnéticas. Hoy en día, las cosas han cambiado mucho y cualquier ordenador personal cuenta con una potencia varios órdenes de magnitud superior a la de aquellos armatostes, por no hablar de los más rápidos servidores, pero algunas de aquellas viejas ideas han vuelto a resurgir y retomado un viejo nombre que ha vuelto a estar de moda: la computación en nube.
El boom de Internet y tecnologías como la virtualización permitieron a algunas empresas plantearse ofrecer «nubes de computación» a sus clientes, algo que ya habían hecho para bancos, servicios gubernamentales e instalaciones similares. Otras, gigantes de la Red, decidieron construirse sus propias nubes en grandes granjas de servidores, como es el caso de Amazon, Google o IBM, entre otras. Entonces comenzaron a alquilar los servicios de sus recursos y a poner en ellas algunas ideas útiles para los desarrolladores, cada cual según su campo de interés. Amazon, por ejemplo, popularizaba la idea con sus Amazon Web Services: el alquiler, como «servicio», de parte de su plataforma tecnológica, ofreciendo espacio en disco y ciclos de CPU de sus servidores, entre otras cosas. Empresas como Google situaron «en la nube» su buscador y todos los servicios para usuarios finales que fueron lanzando con el tiempo, como su correo Gmail, su plataforma de documentos Google Docs, su servicio de mapas y otros.
La teoría dice que los problemas de crecimiento son cosa del pasado con la nube: los técnicos que trabajan en ella se encargan, cual enanitos laboriosos dentro de una caja mágica, de resolver todas esas situaciones y garantizar la disponibilidad de los datos y su procesamiento según lo que los clientes hayan contratado. Por desgracia, la realidad es ligeramente distinta: a veces hay fallos que causan grandes caídas en los servicios. De este tipo de problemas no se han librado hasta el momento ni Amazon ni Google ni los demás. Horas y horas de servicios inaccesibles que se convierten en un drama digital cuando sus usuarios, cual habitantes de una ciudad desprovistos de energía eléctrica, se dan cuenta de que no pueden trabajar y comunicarse.
Pero éste no es el menor de los problemas de la idílica nube. A todas las ventajas que ofrece, que son muchas, se une el hecho de que los datos dejan de estar en un sitio concreto, en un servidor físico ubicado en un lugar conocido y protegido, como tradicionalmente se había hecho hasta ahora, para pasar a estar en una ubicación virtual que puede estar en cualquier lugar del planeta, duplicada hasta casi el infinito y con un entorno de seguridad hasta cierto punto desconocido. Los expertos consideran que hasta que las tecnologías de computación en nube alcancen la madurez, todo proyecto debe analizarse cuidadosamente para asegurarse de que las medidas de privacidad y seguridad no se vean en peligro. Como todo avance, trabajar «en la nube» supone algunos riesgos, pero los que conocen el tema a fondo aseguran que las ventajas los superan y que es una nueva aventura que merece sin duda la pena abordar.
Imagen: Servidores del centro de computación del CERN. Foto (CC) Habi
¿Qué programador no querría olvidarse del hardware y programar como si una infinita «granja» de recursos técnicos estuviera a su disposición? La computación «en la nube» ofrece éste y otros avances.
En la prehistoria de la informática, los recursos disponibles, en forma de hardware lento y limitado, valían su precio en oro. Se inventaron sistemas operativos y programas para repartir el tiempo de aquellas costosas máquinas; las grandes empresas alquilaban sus servidores por horas, por «ciclos de computación» y cobraban por la cantidad de información almacenada en tarjetas o cintas magnéticas. Hoy en día, las cosas han cambiado mucho y cualquier ordenador personal cuenta con una potencia varios órdenes de magnitud superior a la de aquellos armatostes, por no hablar de los más rápidos servidores, pero algunas de aquellas viejas ideas han vuelto a resurgir y retomado un viejo nombre que ha vuelto a estar de moda: la computación en nube.
El boom de Internet y tecnologías como la virtualización permitieron a algunas empresas plantearse ofrecer «nubes de computación» a sus clientes, algo que ya habían hecho para bancos, servicios gubernamentales e instalaciones similares. Otras, gigantes de la Red, decidieron construirse sus propias nubes en grandes granjas de servidores, como es el caso de Amazon, Google o IBM, entre otras. Entonces comenzaron a alquilar los servicios de sus recursos y a poner en ellas algunas ideas útiles para los desarrolladores, cada cual según su campo de interés. Amazon, por ejemplo, popularizaba la idea con sus Amazon Web Services: el alquiler, como «servicio», de parte de su plataforma tecnológica, ofreciendo espacio en disco y ciclos de CPU de sus servidores, entre otras cosas. Empresas como Google situaron «en la nube» su buscador y todos los servicios para usuarios finales que fueron lanzando con el tiempo, como su correo Gmail, su plataforma de documentos Google Docs, su servicio de mapas y otros.
La teoría dice que los problemas de crecimiento son cosa del pasado con la nube: los técnicos que trabajan en ella se encargan, cual enanitos laboriosos dentro de una caja mágica, de resolver todas esas situaciones y garantizar la disponibilidad de los datos y su procesamiento según lo que los clientes hayan contratado. Por desgracia, la realidad es ligeramente distinta: a veces hay fallos que causan grandes caídas en los servicios. De este tipo de problemas no se han librado hasta el momento ni Amazon ni Google ni los demás. Horas y horas de servicios inaccesibles que se convierten en un drama digital cuando sus usuarios, cual habitantes de una ciudad desprovistos de energía eléctrica, se dan cuenta de que no pueden trabajar y comunicarse.
Pero éste no es el menor de los problemas de la idílica nube. A todas las ventajas que ofrece, que son muchas, se une el hecho de que los datos dejan de estar en un sitio concreto, en un servidor físico ubicado en un lugar conocido y protegido, como tradicionalmente se había hecho hasta ahora, para pasar a estar en una ubicación virtual que puede estar en cualquier lugar del planeta, duplicada hasta casi el infinito y con un entorno de seguridad hasta cierto punto desconocido. Los expertos consideran que hasta que las tecnologías de computación en nube alcancen la madurez, todo proyecto debe analizarse cuidadosamente para asegurarse de que las medidas de privacidad y seguridad no se vean en peligro. Como todo avance, trabajar «en la nube» supone algunos riesgos, pero los que conocen el tema a fondo aseguran que las ventajas los superan y que es una nueva aventura que merece sin duda la pena abordar.
Imagen: Servidores del centro de computación del CERN. Foto (CC) Habi
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